Autocrítica

He dedicado mis últimos artículos a comentar acerca de la responsabilidad del gobierno en la tragedia que ha acompañado a los venezolanos en este comienzo de siglo XXI.

Hoy me propongo hacer un ejercicio de autocrítica. Los adversarios a este gobierno hemos cometido muchos errores.

Hay uno sin embargo que los incluye a todos: No hemos sido capaces de construir una verdadera Alternativa Democrática.

Para salir de un gobierno tan malo es indispensable que los ciudadanos cuenten con una alternativa clara y definida a la que sea posible entregarle la confianza para la alternabilidad.

Una alternativa supone un mensaje claro e ilusionante. Hasta ahora los mensajes emitidos por los voceros de las oposiciones se han limitado a denunciar los errores del gobierno. Hemos adolecido de un mensaje positivo y constructivo.

Se han hecho esfuerzos encomiables por elaborar un “Plan País”. Hasta ahora esos esfuerzos permanecen ignorados por la mayoría de los venezolanos. Necesitamos “ideas-fuerza” que sean capaces de movilizar a los ciudadanos.

También es necesario, para que exista una Alternativa Democrática, tener una dirección política unida, coherente y esclarecida. Hasta ahora, lo más que hemos podido lograr, es una coordinación precaria de fuerzas políticas poco representativas. Nos ha faltado una gran dirección política capaz de interpretar la voluntad de cambio de la mayoría de los ciudadanos.

En tercer lugar, la Alternativa Democrática supone una eficiente organización geográfica y sectorial. Es decir, una organización presente en todos los rincones del país y en todos los sectores sociales.

A veces da la impresión de que la oposición estuviera mejor organizada en Miami, en Bogotá o en Madrid que en Cumaná, en Maracaibo o en San Cristóbal.

Necesitamos una organización para lograr que el mensaje llegue a toda la geografía nacional. Necesitamos esa organización a la hora en que tengamos que defender el voto y derrotar  las trampas y  las maniobras.

Por último, la existencia de una Alternativa Democrática supone la definición de una línea estratégica inteligente y capaz de lograr el objetivo de cambiar al gobierno.

No se trata de seguir apostando a soluciones mágicas: golpes militares o invasiones extranjeras. Soluciones poco probables y nada deseables.

Se trata más bien de construir una Alternativa con un mensaje atractivo, con una organización eficiente, con una estrategia inteligente y con una dirección política coherente.

Seguiremos conversando.

Un gobierno sin pueblo

La semana pasada hice una breve relación acerca de la responsabilidad de los gobiernos de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro en la tragedia que estamos viviendo los venezolanos. Hablé de los veinte años que han transcurrido bajo el imperio del llamado “socialismo del siglo XXI”. Un desastre sin parangón. Hoy quiero referirme a la responsabilidad que tiene el señor Nicolás Maduro y sus colaboradores en el presente y en el futuro inmediato de Venezuela y de los venezolanos. Es inconmensurable el sufrimiento acumulado por la familia venezolana en estos primeros veinte años del siglo XXI. Ese sufrimiento podría ser todavía mayor en los próximos años. Todo depende de la voluntad política de quienes dirigen al gobierno.

Si estuviéramos en un régimen parlamentario, hace tiempo que el gobierno habría perdido la confianza del parlamento y habría sido sustituido por un nuevo gobierno. Así ocurrió por ejemplo en el caso del señor David Cameron en la Gran Bretaña cuando perdió el referéndum del Brexit. Al día siguiente renunció y al día siguiente fue sustituido por un nuevo gobierno sin que hubiera ningún trauma institucional.

Lo mismo ocurrió en España recientemente. El señor Mariano Rajoy perdió la confianza de la mayoría parlamentaria. Ese mismo día renunció a la presidencia del gobierno y al día siguiente se estrenaba un nuevo gobierno encabezado por el señor Pedro Sánchez.

En Venezuela no tenemos un régimen parlamentario sino un sistema presidencial. Es el pueblo y no el parlamento el que concede o retira su confianza. El gobierno, dura seis años en conformidad con la Constitución Nacional.

Es evidente, sin embargo, que el gobierno ha perdido la confianza de la mayoría de los venezolanos. De eso da fe el consenso unánime de todas las investigaciones de opinión pública que merecen alguna credibilidad.

Tenemos un gobierno sin pueblo y un pueblo sin gobierno. En estas circunstancias lo aconsejable sería celebrar una consulta urgente al soberano. Una consulta al pueblo que es el depositario de la soberanía nacional. Que el pueblo se exprese libre y soberanamente y con sus votos elija un nuevo Presidente y un nuevo gobierno.

Ese acuerdo le ahorraría al país una enorme cantidad de sufrimientos y de angustias y permitiría resolver de la manera más democrática y más respetuosa de la voluntad popular la crisis política que nos aflige.

Seguiremos conversando.

Responsabilidad

Lo que ha ocurrido en Venezuela en los primeros años de este siglo XXI es una tragedia de inconmensurable magnitud. Tragedia que se manifiesta, entre otras cosas, en el colapso de la arquitectura institucional de la República, la desaparición del estado de derecho, la violación de los derechos humanos, el regreso al caudillismo, al militarismo y al centralismo más asfixiante. La desaparición del concepto de la alternabilidad republicana y del principio de independencia y autonomía de las diferentes ramas del poder público.

También se manifiesta esa tragedia en la catástrofe de la economía nacional. Las gestiones de Chávez y de Maduro han producido la más grande inflación del mundo y una recesión espantosa que ha empobrecido a Venezuela y a los venezolanos. Acabaron con PDVSA, con las llamadas empresas básicas, y con toda la economía nacional.

También se manifiesta la tragedia en el tema social. Nunca habíamos tenido tantas familias venezolanas viviendo bajo el nivel de pobreza. Nunca los pobres habían sido tan pobres. Hambre, miseria y desolación es el saldo de la gestión del socialismo del siglo XXI en el área social.

También se manifiesta la tragedia nacional en el colapso de los servicios públicos, comenzando por los más básicos: agua, energía eléctrica, gas, gasolina, pero también, salud, educación, seguridad, comunicaciones. Hemos retrocedido a una situación peor de la que existía en el siglo XIX. También se manifiesta la tragedia en la crisis moral. Si algo ha prevalecido durante estos veinte años es la más escandalosa corrupción que pueda imaginarse. Cifras enormes que pudieron resolver los problemas del hambre y de la pobreza, se han ido por los desaguaderos de la corrupción más abyecta.

A todo esto podríamos todavía agregar el aislamiento internacional de Venezuela. Pasamos de ser un ejemplo de convivencia y de cultura democrática a ser un país visto con lástima.

¿Quién tiene la culpa de este desastre? Todo comenzó el 4 de febrero de 1992. Todo continuó con aquel proceso constituyente convocado en contra de lo prescrito en la Constitución. Y todo se terminó de desarrollar con la gestión de dos presidentes sin ninguna preparación y sin ninguna capacidad para desempeñar esa alta magistratura.

Nosotros, los opositores a este régimen, podemos haber cometido muchos errores. En efecto los hemos cometido y los seguimos cometiendo. Pero nada puede ser comparable a la responsabilidad inconmensurable de quienes han estado al frente del gobierno.

Siria

Uno sabe cómo comienzan las guerras. Lo que no se sabe es como se desarrollan, ni cómo ni cuándo terminan. La guerra en Siria comenzó en mayo del 2011. Se inició como una confrontación de la mayoría suní contra el régimen dinástico de Bashar al – Assad de la tribu de los Alauís.

Han transcurrido nueve años del inicio de aquella matanza espantosa. Se han producido horrores que superan en crueldad a los peores ocurridos en cualquiera de las dos guerras mundiales del siglo pasado. Además de la acción de la dictadura Siria, de Daeshi y de Al Qaeda, poco a poco se han ido incorporando al conflicto milicias Kurdas, Chiíes, turcas, de Hezbolá además de la participación de Irán y de Arabia Saudita, además de la participación de Rusia y de Estados Unidos y fuerzas de la coalición Europea.

Como ha dicho, en un artículo dedicado a este mismo tema, mi amigo Leopoldo Martínez Nucete: “Cuando las armas se oponen a las armas no hay modo de saber cómo evolucionará el conflicto, ni quienes lo liderarán, ni cuando finalizará, ni cuál será el costo del mismo”.

Lo cierto es que la guerra en Siria ha servido de marco para degollamientos, muertes masivas por fuego aéreo y terrestre, desmembramientos, linchamientos y otras formas variadas de salvajismo y de crueldad. La guerra es una estupidez. La guerra representa el fracaso de la inteligencia, el fracaso de la política, el fracaso de la humanidad.

Cito de nuevo a Leopoldo: “las desgarradoras imágenes de lo que ha ocurrido en la ciudad histórica de Alepo son una diana destinada a los ojos y oídos de todo aquel que piense que no hay alternativa al conflicto y que no hay rutas negociadas para resolver diferencias políticas entre gentes de una misma nación”.

Seguramente los que en Siria voceaban la palabra “guerra” en abril o mayo del año 2011 lo hicieron con la misma frivolidad y con la misma ligereza con que lo hicieron los europeos cuando comenzó la primera guerra mundial.

Seguramente pensaron que la guerra sería cuestión de unos días, al cabo de los cuales regresarían victoriosos los ejércitos en medio de marchas, desfiles y aclamaciones populares. Nunca se detuvieron a pensar en la infinita capacidad de destrucción física, de asesinatos y de torturas que supone una apelación a las armas de destrucción que se utilizan en una guerra.

La crisis venezolana está tentando a los demonios de la guerra. Ojalá prevalezca la inteligencia, la humanidad y el buen juicio antes de que sea demasiado tarde.

Seguiremos conversando.

Fracaso

Uno de los poemas más conocidos del gran poeta venezolano Rafael Cadenas se llama “Fracaso”. El poeta, por cierto, mereció entre otros muchos reconocimientos el Premio Internacional de Poesía ciudad de Granada, otorgado por el Ayuntamiento de esa ciudad en el año 2015.

Recuerdo el título del poema con motivo de la terrible crisis que estamos viviendo los venezolanos. El poema de Cadenas podría llamarse también elogio del Fracaso. Hay una línea en la que dice: “Me has hecho humilde, silencioso y rebelde”.

Pertenezco a una generación que tuvo el privilegio de disfrutar los mejores años de la historia de Venezuela como República Independiente. De los doscientos años que llevamos ningún tiempo fue mejor que el comprendido entre el final de la tiranía gomecista en diciembre de 1935 al advenimiento del siglo XXI. Fueron años de progreso material, cultural, institucional. Venezuela llegó a convertirse en un ejemplo para todo el continente y en una referencia en la lucha por la democracia y por la libertad.

La palabra “Fracaso” sin embargo gravita sobre la conciencia de mi generación. Alguna vez escribí un artículo intitulado: ¿Tenemos democracia porque tenemos petróleo? y me preguntaba ¿Qué pasará cuando el petróleo deje de ser el motor del desarrollo venezolano? ¿Volveremos a los años del atraso, de la pobreza, del caudillismo, del militarismo, de las enfermedades?

Ya el petróleo no es lo que era. Ya Venezuela  no es un modelo a seguir, ni una referencia para los que luchan por la democracia y por la libertad. Vivimos una “ilusión de armonía”, pero en los últimos 20 años, hemos vuelto a parecernos a la Venezuela del siglo XIX, pero peor.

Nuestra generación no fue capaz de construir una democracia estable, ni una economía auto sustentable, no logramos, la erradicación de la pobreza, ni acabar con la corrupción, tampoco fuimos capaces de ganar la batalla de la educación, de la ciencia y de la tecnología.

En 1988 le presenté al país un programa para el cambio, para construir una Democracia Nueva. Fue un fracaso de mi parte no haber convencido a la mayoría. La mayoría prefirió “más de lo mismo”. Y las consecuencias las estamos sufriendo ahora.

Hoy contemplamos abrumados la incapacidad de nuestra clase política para resolver de una manera inteligente y civilizada nuestra crisis institucional y pareciera que la esperanza de muchos estuviera en que la fuerza del imperio termine componiendo lo que no fuimos capaces de componer nosotros.

Estrategias

La estrategia del Gobierno para las elecciones parlamentarias que deben celebrarse en este año 2020 está clarísima.

El Gobierno quiere repetir la misma estrategia utilizada en las presidenciales del año 2018. Es decir, unas elecciones que las gane la abstención y que las cobre el Gobierno.

El Gobierno conoce las encuestas. El Gobierno sabe que si la gente vota, pierde. Y el Gobierno no quiere perder. El Gobierno quiere perpetuarse en el poder así sea en contra de la voluntad manifiesta de los venezolanos que quisiéramos un cambio de gobierno pronto.

La estrategia está clarísima: convocar las elecciones lo más temprano que sea posible. Hacer algunos cambios cosméticos en la composición del Consejo Supremo Electoral. Aceptar un acompañamiento internacional inofensivo pero, sobre todo, lograr que la oposición no vote. Este es el punto más importante para la estrategia del Gobierno: Que la oposición se quede en su casa. Que la oposición contribuya con su abstención a que el Gobierno vuelva a apoderarse de la Asamblea Nacional.

En las presidenciales del año 2018 el Gobierno “triunfó” con una enorme mayoría en contra. El CNE le atribuyó al candidato del Gobierno algo menos de seis millones de votos. El electorado venezolano es de 20 millones de electores. Quiere decir que catorce millones de electores venezolanos no votamos por Maduro. Sin embargo, Maduro sigue en Miraflores. Ganó la abstención y cobró Maduro. Tan simple como eso.

Frente a las elecciones parlamentarias ordenadas por la Constitución Nacional para este año 2020 el Gobierno aplicará la misma estrategia. Dividir a la oposición, promover la abstención y recuperar la Asamblea Nacional con una abrumadora minoría de votos.

Fue incómodo para el Gobierno haber perdido por paliza la elección parlamentaria del año 2015. Ha sido incómodo haber tenido que lidiar con una asamblea dominada por la oposición: El plan de dominio creciente de todos los órganos del poder público les impone la necesidad de dominar también a la Asamblea Nacional. La única manera de lograrlo es convencer al voto opositor de que se quede en su casa.

Ya comentaremos, en un próximo artículo, lo que debería ser una estrategia acertada para la oposición. Para no dejarnos arrebatar la única de las tres ramas del poder público que ha logrado escapar al control del oficialismo: la Asamblea Nacional.

Alternativa Democrática

Es difícil explicar que un gobierno tan malo y que ha causado tanto daño a Venezuela y a los venezolanos haya podido sobrevivir durante tanto tiempo.

Una de las razones que explica el fenómeno es que los adversarios a este gobierno no hemos sido capaces, durante todos estos años, de construir una verdadera alternativa democrática seria y confiable. Es decir, no hemos sido capaces de dar el salto cualitativo de ser oposición a ser Alternativa Democrática frente al régimen.

Una Alternativa Democrática es una fuerza capaz de interpretar el anhelo de cambio que existe en la abrumadora mayoría de los venezolanos.

Para que exista esa Alternativa Democrática tienen que darse algunas condiciones.

1.- Tiene que haber una Dirección Política unida y coherente. Hasta ahora hemos tenido algunos esfuerzos para coordinar a las diferentes fuerzas políticas que aspiran a liderizar el cambio. Hemos tenido una federación de pequeños proyectos partidistas,  pero no hemos logrado construir una fuerza opositora con una dirección política única.

2.- La Alternativa Democrática tendría que contar con una narrativa compartida acerca de la situación en la que estamos y el proyecto de país que queremos construir entre todos. Prevalecen los proyectos partidistas y las agendas personales. No hay un proyecto común. Hay que asomar un programa ilusionante que inspire la confianza de los ciudadanos.

3.- Para que exista una Alternativa Democrática tiene que haber una organización presente en toda la geografía nacional y en todos los sectores sociales que actúan en la vida del país.

4.- La Alternativa Democrática tendría que contar con una estrategia claramente definida. O son los votos o son las balas. No puede estar cambiando de estrategia en cada coyuntura. Si es la ruta electoral, que es la que yo aconsejo y recomiendo, tenemos que ordenan todos los esfuerzos a lograr el mejor resultado posible y las mejores condiciones en la dirección de aprovechar la ventaja comparativa que tenemos en ese campo.

Eso significa contar con un mensaje atractivo, con una organización eficiente y con una estrategia inteligente.

Eso significa no seguir esperando una salida mágica por la vía de un golpe militar o de una invasión extranjera. Eso significa ganarnos la confianza y el respaldo de los ciudadanos.

Seguiremos conversando.

Copei: 74 años

El lunes 13 de enero se conmemoró el aniversario de la fundación del partido social cristiano Copei. ¡Que falta tan grande hace en la Venezuela actual un gran movimiento político inspirado en los valores del humanismo cristiano!

Copei podría estar liderizando una verdadera Alternativa Democrática frente al régimen imperante.

Las banderas que acompañaron a Copei en sus años de esplendor se corresponden con las más sentidas necesidades de la política actual venezolana.

Copei nació para luchar por la democracia, por el estado de derecho, por la alternabilidad republicana, por la defensa de los derechos humanos, por una Venezuela sin presos políticos, sin exilados, sin perseguidos, por la Unidad Nacional, por el respeto a las regiones. Todas esas banderas tienen una vigencia insoslayable. Pero Copei nació también para luchar por el progreso y el desarrollo económico. Por una economía capaz de producir todos los bienes y servicios requeridos para el bienestar de la población. Por una economía capaz de generar empleo decente y bien remunerado a todos los trabajadores del país. Por una economía sin inflación, sin recesión.

El ejemplo para Copei era el de la “economía social y ecológica de mercado” llevada adelante con enorme éxito por el Partido Demócrata Cristiano Alemán dirigido por Konrad Adenauer y por Ludwig Erhard. Ese modelo fue el que hizo posible el milagro de la reconstrucción de Alemania después de la segunda guerra.

Copei nació para luchar por la «Justicia Social en una Venezuela mejor». Ese fue el lema fundacional del partido. Lucha por la Justicia Social. Es decir, luchar a favor de los pobres, de los más necesitados, de los más vulnerables. Luchar por construir una sociedad sobre la base de la equidad en la que todos los ciudadanos tengan acceso a los bienes fundamentales de la civilización y en donde prevalezca la igualdad de oportunidades para todos.

Copei nació para luchar por la reconciliación de la ética con la política. Es decir, un país sin corrupción. Un país respetuoso de los valores éticos y de los principios morales.

Copei creció ininterrumpidamente desde su fundación en 1946 hasta el año de 1992. En 1993 comenzó la decadencia con la división, el pragmatismo y la insólita decisión de algunos dirigentes de poner al destino del partido en manos de los tribunales de justicia manejados por el gobierno.

¡Vendrán tiempos mejores!

AÑO NUEVO

Ha llegado el año 2020. Un año cargado de esperanzas pero también de preocupaciones.

¿Qué quisiéramos conseguir en este nuevo año? Cosas muy sencillas de decir, pero difíciles de alcanzar. Quisiéramos, por ejemplo, un gobierno nuevo. Un gobierno respetuoso de la Constitución Nacional y del estado de derecho. Un gobierno que trajera paz, progreso y bienestar para todas las familias venezolanas. Quisiéramos un cambio de gobierno pacífico, civilizado, ordenado y constructivo. Un cambio por la ruta electoral, constitucional y sin violencia. Ese objetivo se puede lograr. Depende de todos nosotros. Depende de los que están con el gobierno pero también de los que adversamos a este gobierno.

El año que comienza, por mandato de la Constitución, es un año electoral. Toca elegir una nueva Asamblea Nacional. Ojalá el liderazgo político, gobierno y oposición, logren acuerdos que permitan rescatar la confianza de los ciudadanos en el voto, en la ruta electoral que es la única vía civilizada para resolver los problemas de una nación democrática.

El año 2020 debe ser el año de la recuperación de la economía nacional. De acabar con la inflación y con la recesión. Ambas enfermedades son curables. Sabemos cuál es la manera de acabar con ellas: Disciplina fiscal, abandonar la emisión de dinero inorgánico, estimular la producción y la productividad, acabar con el control de cambios y el control de precios, promover inversiones nacionales e internacionales y recordar que el país tiene con que producir los bienes y servicios que requiere para su propio abastecimiento.

El 2020 es un año para ocuparse de la cuestión social. Nunca habíamos tenido tanta y tan injustificada pobreza en nuestro país. La eliminación de la pobreza representa una prioridad nacional por razones morales, pero también por razones de carácter político y económico.

En el mundo se vive un proceso de calentamiento social. Desde Santiago de Chile hasta París se siente la voz de protesta de quienes reclaman Justicia Social, igualdad de oportunidades y respeto a la dignidad de las personas. En Venezuela las causas para la protesta social son más que evidentes.

El año 2020 representa un tiempo para ocuparse de la calidad de la vida de los venezolanos, del empleo, del ingreso familiar, de la salud, de la educación, de la seguridad personal y colectiva, del suministro estable de agua y energía eléctrica para todos, del transporte, de la vialidad, de la gasolina, del gas para uso doméstico e industrial. En una palabra, de todo aquello que contribuya a lo que el Libertador llamaba “la mayor suma de felicidad posible”.

Todas esas metas son alcanzables. Todo depende de nosotros. Somos nosotros los venezolanos lo que tenemos que lograr el progreso y la felicidad de nuestro país.

El liderazgo político tiene una enorme responsabilidad, pero la solución depende de todos.

Calentamiento Social

Desde hace algunos años se ha puesto de moda el tema del calentamiento global. Nada menos que su Santidad, el Papa Francisco emitió una excelente encíclica Laudato Si hablando sobre el tema con singular elocuencia y propiedad.

Yo quiero hablar hoy del calentamiento social. En América Latina se están produciendo grandes manifestaciones que ponen de manifiesto la existencia de un inocultable fenómeno de calentamiento social.

Uno de los casos mas representativos es el de Chile. Un país que fue presentado por su Presidente como un oasis en un continente muy convulsionado. Y tenía razón, Chile había superado admirablemente el tránsito de una dictadura muy sangrienta a una democracia ejemplar. Habían logrado también un éxito económico significativo. Chile era una de las economías mas exitosas en el subcontinente. Lamentablemente no le pusieron suficiente atención al tema social y de pronto explotó, con extremada virulencia, el resentimiento social acumulado en las entrañas del pueblo chileno.

Recuerdo que poco después de terminar el gobierno de don Patricio Aylwin tuve ocasión de conversar con él y de felicitarlo por el éxito indiscutible de su gestión al frente del gobierno y me respondió con tono de preocupación, que lo que le angustiaba era que el tema social no había sido suficientemente atendido. Que al lado de enormes fortunas había cuadros de miseria y que esa situación no era sostenible.

En Argentina el calentamiento social se puso de manifiesto en las urnas electorales. Allí el triunfo de los candidatos justicialistas refleja una protesta social contra las políticas “modernizadoras” de la administración Macri. Un gobierno que había despertado tantas expectativas como el de Macri terminó siendo derrotado por el calentamiento social. Colombia es otro ejemplo relevante.

Pero no es solo en América Latina, son varios los países europeos, comenzando por Francia en los que hay señales de calentamiento social muy evidentes. Una huelga general sin precedentes ha sido convocada contra la administración del Presidente Macrón. Italia y España no se quedan atrás.

Nuestro continente latinoamericano aparece en las estadísticas más confiables como el continente con el mayor índice de desigualdad social. Pocos ricos, muy ricos, y muchos pobres muy pobres. Por eso, no pueden extrañarnos los síntomas y las manifestaciones de ese proceso de calentamiento social.

Seguiremos conversando.