La Esperanza

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La Esperanza

La Esperanza es lo último que se pierde. Es un hecho evidente que muchos venezolanos hemos sentido renacer nuestras esperanzas en los primeros días de este nuevo año. El año pasado se desaprovechó una gran oportunidad para lograr un cambio electoral, democrático y pacífico. Este año se habla de nuevo de retomar la ruta electoral, esa ruta que produjo la notable victoria de la Alternativa Democrática en las elecciones parlamentarias de diciembre del año 2015.

Siento renovada mi esperanza cuando observo que en los predios opositores se dedica un esfuerzo muy meritorio a presentar un “plan país”, una visión de la Venezuela que viene, una propuesta de cambio atractiva e ilusionante. Así como Lenin decía que “no hay acción revolucionaria sin teoría revolucionaria”, yo me atrevo a decir que “no hay acción política seria y fecunda si ella no está precedida por la presentación de una visión que interprete el anhelo de cambio de la población”.

El “Plan País” al que me refiero nace de un esfuerzo muy amplio de compatriotas comprometidos con el ideal democrático que representa a distintos factores políticos, sociales, económicos, académicos entre otros sectores de la sociedad civil. Un esfuerzo de amplitud, de unidad y de consultar a gente competente para trabajar por darle a Venezuela y a los venezolanos un ideal por el que valga la pena luchar.

El Plan País tiene un mérito adicional y es que ha sido consultado con todas las regiones que componen la geografía nacional. No se trata de una propuesta elaborada desde el centro para la periferia. Se trata más bien de una propuesta elaborada desde la periferia hacia el centro.

El cambio que los venezolanos anhelamos es un cambio a favor de la democracia. Queremos vivir en una nación moderna con más y mejor democracia. Queremos un gobierno sometido a la primacía de la Constitución y respetuoso del estado de derecho. Queremos un país sin presos políticos, sin venezolanos exiliados, sin partidos políticos inhabilitados. Queremos un gobierno que respete la independencia y la autonomía de las diferentes ramas del poder público. La Asamblea Nacional como organismo legislativo debe ser autónoma e independiente y la administración de justicia también.

Necesitamos un gobierno que haga realidad la descentralización política y administrativa que se inició con tanta timidez en 1989 y que se interrumpió abruptamente con la llegada del Socialismo del Siglo XXI.

Hoy declaro que me siento más optimista y más esperanzado que lo que me sentía en diciembre del año pasado. Vendrán tiempos mejores.

El Arbitro

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El arbitro

Todo comenzó el cuatro de febrero de 1992. En esa fecha se inició el desquiciamiento institucional de la República. Una logia militar con alevosía, ensañamiento y nocturnidad intentó asaltar el poder público y acabar con la constitución y con las instituciones.

El acto salvaje de esos militares y la reacción de sectores y personalidades muy influyentes en la vida del país, contribuyeron a permitir a los bárbaros llegar al poder y que a través de una Asamblea Nacional Constituyente, sin ningún fundamento en la Constitución vigente para la época, llegaran a lograr el poder absoluto.

Dentro de tres días se cumple un nuevo aniversario de aquella fecha trágica, 27 años. Han sido años de retroceso, de división, de abusos, de arbitrariedades, de empobrecimiento, de miseria, de migraciones masivas de venezolanos hacia otros países en búsqueda de mejores horizontes.

Años en los que hemos regresado a los presos políticos, a los exiliados, a las torturas, a los encarcelamientos arbitrarios, a la degradación del poder judicial, al militarismo, a la conversión de la Fuerza Armada en instrumento al servicio de un caudillo y de un movimiento político.

El saldo de estos 27 años es patético. El sufrimiento del pueblo venezolano inconmensurable. La polarización política ha sembrado odios y divisiones que costará mucho tiempo superar. Ha sido una tragedia política, institucional, económica, social, cultural y moral. No ha sido posible hasta ahora construir una alternativa seria, responsable, merecedora de la confianza nacional e internacional para sustituir a los responsables de este desastre y los responsables del desastre se empeñan en perpetuarse en el poder indiferentes al sufrimiento de la familia venezolana y conscientes de que, mientras ellos permanezcan en el poder, la situación solo podrá agravarse y empeorar.

Tengo años insistiendo, como quien predica en el desierto, en que la tragedia debe tener un desenlace pacifico, constitucional, democrático, civilizado, inteligente, consensuado, electoral y venezolano. En medio de tanta oscuridad aparece una luz de esperanza. Todos los voceros tanto nacionales como internacionales coinciden por lo menos en un punto. Más tarde o más temprano habrá que volver a la ruta electoral.

En medio de la tragedia venezolana hay un solo árbitro posible: el pueblo, el soberano. En tiempos remotos voceábamos una consigna que tiene una vigencia estupenda “solo el pueblo salva al pueblo”.

Hay varios árbitros posibles en la situación venezolana. Yo prefiero la solución más decente y probablemente más remota que el árbitro sea el pueblo venezolano.

El Desenlace

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El desenlace

La tragedia de Venezuela es muy compleja. El desenlace tiene que ser político.

Hay quienes de buena fe se empeñan en buscar una solución jurídica o constitucional. También hay quienes apuestan a una “solución” violenta o militar. Que, por supuesto, no sería “solución” y que podría terminar siendo agravamiento de la tragedia.

Los pueblos civilizados resuelven sus problemas con soluciones políticas, inteligentes, conversadas. Los pueblos primitivos apelan a la violencia para dirimir sus diferencias.

La tragedia venezolana debe encontrar una solución pacífica. La guerra no solo no resuelve los problemas sino que los agravan. Debe ser una solución constitucional. La Constitución ofrece amplios mecanismos para la solución civilizada de los conflictos. Debe ser una solución democrática. “Solo el pueblo salva al pueblo”. Los problemas de la democracia se resuelven con más democracia y no con menos democracia.

El desenlace de la crisis venezolana debe ser electoral. El único arbitro posible en la situación actual, es el pueblo venezolano a través del ejercicio del sufragio. Más tarde o más temprano habrá que consultar al soberano en unas elecciones transparentes, bien organizadas y respetadas por todos los que participen en ella.

El gobierno tiene la principal responsabilidad en la búsqueda de una solución pacífica, constitucional, democrática y electoral. El gobierno tiene que asumir la culpa enorme que tiene por la existencia de la crisis, pero tiene que entender, sobre todo, que no tiene ninguna posibilidad de mejorar la situación y de aliviar el sufrimiento de los ciudadanos. El gobierno debe ser el primer interesado en buscar una solución política a la tragedia que está viviendo la nación.

La oposición por su parte tiene el deber de convertirse en alternativa de gobierno. Una alternativa seria que interprete el anhelo de cambio que existe en todos los venezolanos y que proponga salidas adecuadas lo menos traumáticas posibles.

La razón principal por lo que buena parte de la oposición decidió acogerse a la abstención fue que cuando llegó el año previsto en la Constitución para celebrar las elecciones, la alternativa democrática no tenía candidato, ni tenía un método para escogerlo, ni tenía un programa que presentarle al país, ni tenía una organización eficiente para defender los votos, ni tenía una estrategia consensuada.

En esas circunstancias, es comprensible que les haya resultado inevitable acogerse a una línea de abstención que, como era previsible, nos condujo al vacío.

Ahora toca apelar a la política, al patriotismo, a la inteligencia, al diálogo serio y constructivo y a la solidaridad con el sufrimiento de los venezolanos.