Resucitó

El Señor resucitó. El domingo pasado el mundo cristiano celebró la más grande de todas las fiestas: la Resurrección del Señor.

Si el Señor no hubiera resucitado “vana sería nuestra fe”, como dice San Pablo. No tendrían sentido la vida y las acciones de Jesús en la tierra si no hubiera habido la resurrección. Esa fue su promesa. Así como también la de su segunda venida.

Pero ¿quién fue el que resucito? Resucitó el hijo del hombre. El Mesías. Dios hecho hombre. El santo inocente que había sido crucificado injustamente para la remisión del género humano.

¿Qué significa la Resurrección? Que Dios existe. Que Jesús es el Mesías. Que el mundo ha sido redimido. Significa que el amor triunfó sobre el odio. Que la vida triunfó sobre la muerte. Que la esperanza triunfó sobre el desaliento y que la alegría triunfó sobre la tristeza.

Este año la Resurrección se presenta en medio de una pandemia universal. Pareciera que la enfermedad y la muerte se imponen en el escenario de todas las naciones. Para nosotros los venezolanos, además, la fiesta de la resurrección nos llega en medio de un panorama desolador de pobreza creciente, de colapso de los servicios públicos, de crisis política e institucional, de catástrofe económica y social. Una situación grave que amenaza seguir agravándose..

Millones de venezolanos padecen hambre y desamparo y sufren las consecuencias de la enfermedad, de la pobreza y de la desolación.

Frente a este cuadro, la resurrección del Señor nos convoca a la esperanza.

No podemos dejarnos arrebatar la esperanza en un mundo mejor y en una Venezuela mejor.

Jesús resucitado nos habla del triunfo del amor sobre el odio. Tenemos que apostar a una civilización del amor, de la solidaridad, de la fraternidad y renovar nuestra lucha por un mundo mejor y por una Venezuela mejor.

Jesús resucitado es el símbolo del triunfo de la alegría sobre la tristeza.

Alegría de sabernos hijos de Dios, de reconocernos hermanos de todos los seres humanos. De saber que por encima de todas las adversidades vendrán tiempos mejores.

Que las dificultades del presente están poniendo a prueba nuestra fortaleza, nuestro carácter y nuestra confianza en la bondad del mundo y del género humano.

No lo olvidemos: la Resurrección del Señor es el triunfo de la vida, del amor, de la esperanza, de la justicia de la verdad, de la alegría y, sobre todo, de la confianza en Dios y en su Divina Providencia.

Seguiremos conversando.

Viernes Santo

Tres fechas hay en el calendario litúrgico de excepcional significación: la Natividad del Señor, la pasión y muerte que conmemoramos el día de hoy y la Resurrección del Señor sin la cual vana sería nuestra fe.

Estos días de semana santa son días para la reflexión. La circunstancia fortuita de que ha coincidido en este año con la terrible pandemia del coronavirus que, además, nos ha impuesto un acuartelamiento forzado hace más propicio todavía este tiempo para la reflexión.

¿Qué significa ser cristiano?

Ser cristiano significa seguir a Cristo, seguirlo en sus enseñanzas, en su palabra y, sobre todo, en el testimonio de su vida y de su ejemplo.

El cristianismo gira en torno a algunas virtudes fundamentales. La primera es el amor. El amor es fruto del espíritu, el primero y más importante de todos ellos. “El que vive y camina conforme al Espíritu ama y sirve a los demás” decía San Pablo. Amor en primer lugar a Dios y también a los hijos de Dios.

“Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” es el gran mandamiento, nos dice Jesús (Mateo 22,37.39). Y Pablo nos advierte que “el cumplimiento de la ley es el amor”.

Otra virtud asociada a la condición de ser cristiano es la alegría. Es inmensa la alegría de los pastores al recibir, antes que nadie, la noticia del nacimiento del hijo de Dios. E igualmente inmensa la alegría de los apóstoles al constatar que el Señor había resucitado, tal como lo había prometido. La alegría está sólo en donde triunfa la vida, en donde se va realizando el reino de Dios, que es “justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14,17).

Ser cristiano es ser alegre y compartir la alegría con todos los seres humanos, con toda la creación. Dar gracias por la vida, por la existencia y trabajar por construir el reino de Dios, con alegría, mientras esperamos con fe la venida definitiva del Señor.

Amor y alegría son características de la fe cristiana. También lo son la justicia y la paz. Y sin justicia no es posible la paz. La voluntad de bien y de unión que es la caridad se traduce en primer término, en un cristiano, en su preocupación de vivir en el servicio pacíficamente con todos. El término paz aparece en el nuevo testamento 90 veces.

Para mí ser cristiano es amar con alegría y trabajar por la justicia y por la paz.

Cuaresma

Tiempo de cuaresma. Tiempo para reflexionar sobre los temas más trascedentes de nuestra vida. Para meditar acerca del sentido de nuestra existencia como personas y como miembros de una comunidad.

Quiero dedicar este espacio a una de las bienaventuranzas: “Bienaventurados los mansos porque heredaran la tierra.”

Hoy nos toca meditar sobre estos temas en medio de una terrible pandemia, que afecta al mundo entero, y en medio de una crisis prolongada que nos afecta a los venezolanos.

Humildemente le pedimos  a Dios que nos auxilie en esta oscuridad para superar la pandemia y nuestra terrible tragedia.

No seas vencido por el mal, sino vence con el bien el mal. (Rom 12,21).

En el evangelio la mansedumbre es algo específico de Jesús, una virtud que lo distingue. Es, por tanto, una característica que debe distinguir a los cristianos, a los discípulos de Jesucristo.

La mansedumbre es una virtud humana, una virtud que se opone a las actitudes de violencia, dureza, agresividad.

Ya en el Antiguo Testamente, en el libro de los Números, Moisés es definido como un hombre manso, más que cualquier otro hombre sobre la tierra (Num 12,3).

Mateo, en el Nuevo Testamento, presenta a Jesús como el nuevo Moisés y nos presenta unas palabras suyas muy significativas: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados y yo les daré descanso. Tomen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón y encontrarán descanso para sus vidas.” (Mt 11, 28-29). Porque es manso se propone como el que puede dar apoyo, paz, descanso a los que están cansados y agobiados.

Dice el Señor: “Habéis oído que se dijo `amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo´. Pero yo les digo: amen a vuestros enemigos y oren por los que los persiguen.”

Jesús exige romper con el círculo infernal del odio y la violencia. El cristiano no debe responder a la violencia con violencia, al mal con mal, al odio con odio, sino que debe responder con el amor, la oración y la bendición.

Termino con una cita de Gandhi: “La no violencia no es una renuncia a toda lucha concreta contra la injusticia. Al contrario, la no violencia es una lucha más activa, más eficaz y más concreta que la represalia, cuyo único efecto es el aumento de la injusticia.”

Reflexiones

Una de las ventajas que produce el acuartelamiento al que nos ha reducido la pandemia del coronavirus es que nos deja tiempo para la reflexión.

Pensar, por ejemplo, en la importancia de las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Lo importante y consolador que resulta la fe en Dios, en su divina providencia. Lo importante y consolador que resulta la esperanza. La esperanza en un mundo mejor, en un tiempo mejor, en una vida mejor. ¡Qué importante resulta no dejarnos arrebatar la esperanza!

Y la mayor de las tres virtudes teologales: el amor. El Papa nos llama a trabajar por construir una civilización fundada en el amor, el respeto, la tolerancia, la solidaridad y la fraternidad.

¡Qué distinto sería el mundo si en lugar del odio, la avaricia, el egoísmo, prevaleciera el amor! ¡Qué distinta sería Venezuela si pudiéramos hacer que prevaleciera el amor! Tiempo para reflexionar en que las cosas a las que les atribuimos una importancia enorme no son tan importantes. En cambio hay otros asuntos fundamentales a los que no les prestamos suficiente atención.

Reflexionar sobre que siempre hay algo espiritual detrás de todo lo que ocurre, como dice Bill Gates.  Siempre hay algo bueno aún detrás de lo que consideramos como muy malo.

Reflexionar en el factor democrático que acompaña a la pandemia. Frente a ella todos somos iguales. Ataca por igual a los grandes personajes y a la gente más humilde. Nos obliga a recordar que todos somos iguales. En la doctrina cristiana, todos somos hijos de Dios y, por lo tanto, hermanos y, además, dotados de una dignidad muy elevada.

Reflexionar que el mundo, con todo lo grande que parece, es uno solo y que frente a la pandemia no hay fronteras que valgan, ni se necesitan pasaportes. Estamos todos conectados y lo que ocurre en China repercute en el universo entero. Las fronteras artificiales que han inventado los hombres tienen muy poco valor frente a un acontecimiento como el que nos ocupa.

Reflexionar sobre la importancia de la salud que tenemos que cuidar y proteger celosamente. La propia salud y la salud de los que nos rodean, de la familia, de los vecinos, de todos.

Reflexionar que la vida es muy corta y tenemos el deber de disfrutarla intensamente y no hay mejor manera que practicando el amor. Amar a Dios sobre todas las cosas y al hermano como a ti mismo. Allí está el secreto de la felicidad.

Coronavirus

La pandemia coronavirus está conmoviendo al mundo entero y a Venezuela. Todos los gobiernos han tomado medidas excepcionales para combatir el flagelo. En Venezuela también se adoptan medidas de sentido común pero que son muy difíciles de implementar.

Una de las recomendaciones es la que se ha llamado “cuarentena”. Es decir, que todos nos quedemos en nuestras casas para evitar contagios por el contacto personal o por participar en aglomeraciones. Otra recomendación es observar rigurosamente las normas de higiene personal como, por ejemplo, lavarse con agua y jabón.

Quedarse en la casa es muy fácil para el que vive de su renta y está suficientemente abastecido de alimentos y medicinas. Lamentablemente ese no es el caso de la mayoría de los venezolanos. Por culpa de las políticas equivocadas del gobierno nacional Venezuela está sometida a una terrible crisis económica y social. La abrumadora mayoría de los venezolanos tiene que salir todos los días a luchar de sol a sol para conseguir la comida y las medicinas para la familia, sin mencionar a los que rebuscan la basura en busca de alguna cosa útil o comestible.

Es muy difícil pedirle a un pequeño comerciante o a un vendedor ambulante o a un buhonero o a un transportista que se quede en su casa para cumplir con las recomendaciones del gobierno.

Es indignante constatar la cantidad de venezolanos que por culpa de la crisis provocada por el gobierno no tienen acceso al agua y mucho menos al jabón. El gobierno nos recomienda lavarnos las manos frecuentemente con bastante jabón. Parece oportuno y necesario recordarle que por culpa de sus políticas equivocadas, la mayoría de los venezolanos no tiene acceso ni al agua ni al jabón.

La crisis del coronavirus sorprende a Venezuela en medio del colapso de los servicios de salud pública. Hemos tenido mucho dinero para comprar armas y bombas lacrimógenas. Pero el gobierno no se ha ocupado de mantener equipados nuestros hospitales y puestos de salud. Muchos tanques de guerra y tanquetas para suprimir las manifestaciones populares pero poca atención a los servicios de salud para atender las necesidades de la población.

Los venezolanos tenemos derecho a reclamar un mejor gobierno y una mejor calidad de vida. Ponerle fin al fulano socialismo del siglo XXI y comenzar a vivir bien en un clima de armonía y de unidad nacional.

Unión Nacional

El país necesita una gran convocatoria a la unidad nacional. Esa unidad solo será posible detrás de un programa de reconstrucción de las instituciones, de reactivación del aparato productivo, de justicia social y de re-equipamiento moral.

“Un reino dividido contra sí mismo, no prevalecerá”. Los países que progresan son aquellos en los cuales sus fuerzas políticas son capaces de alcanzar consensos fundamentales alrededor de objetivos colectivos.

El período de mayor progreso en la historia de Venezuela, como nación independiente, fue el comprendido entre 1958 y 1998. Eso se debió, a la existencia de un gran consenso entre las fuerzas políticas y los factores fundamentales de la economía y de la sociedad. Ese consenso fue posible alrededor de la Constitución Nacional de 1961 y gracias a que los políticos de la época fueron capaces de poner los intereses de la nación por encima de los intereses partidistas.

Hoy, Venezuela necesita un nuevo consenso, una nueva convocatoria a la Unión Nacional, una nueva agenda para el progreso de todos y para asegurar el bienestar de la familia venezolana.

La agenda para esa gran convocatoria a la Unidad Nacional tendrá que incluir, en primer lugar, la reconstrucción de la arquitectura institucional del país: Un gobierno que gobierne, un parlamento que legisle y controle la marcha de la administración pública, un tribunal Supremo de Justicia integrado por magistrados de inobjetable solvencia moral. Procesos electorales transparentes y confiables y respeto al carácter federal de la República con fortalecimiento de las instancias regionales y locales de gobierno.

La agenda tendría que incluir una definición de política económica que provoque la reactivación del Aparato productivo para producir todos los bienes y servicios que necesitamos y todos los empleos que se requieren. Riqueza para todos. Empleo para todos y bienestar para todos, tendría que ser la consigna.

El programa de esa convocatoria a la Unión Nacional tendría que incluir como punto fundamental el compromiso de luchar por la Justicia Social. La Pobreza en Venezuela es un escándalo. El país tiene recursos suficientes para que, administrándolos con sentido de justicia, alcancen para satisfacer las necesidades básicas de la población.

Una gran convocatoria a la Unión Nacional acompañada de una invitación a ser mejores, a que cada uno de nosotros, los que hemos tenido el privilegio de nacer en esta tierra de gracia, seamos mejores. Así lograremos que Venezuela sea mejor.

Seguiremos conversando.

Autocrítica

He dedicado mis últimos artículos a comentar acerca de la responsabilidad del gobierno en la tragedia que ha acompañado a los venezolanos en este comienzo de siglo XXI.

Hoy me propongo hacer un ejercicio de autocrítica. Los adversarios a este gobierno hemos cometido muchos errores.

Hay uno sin embargo que los incluye a todos: No hemos sido capaces de construir una verdadera Alternativa Democrática.

Para salir de un gobierno tan malo es indispensable que los ciudadanos cuenten con una alternativa clara y definida a la que sea posible entregarle la confianza para la alternabilidad.

Una alternativa supone un mensaje claro e ilusionante. Hasta ahora los mensajes emitidos por los voceros de las oposiciones se han limitado a denunciar los errores del gobierno. Hemos adolecido de un mensaje positivo y constructivo.

Se han hecho esfuerzos encomiables por elaborar un “Plan País”. Hasta ahora esos esfuerzos permanecen ignorados por la mayoría de los venezolanos. Necesitamos “ideas-fuerza” que sean capaces de movilizar a los ciudadanos.

También es necesario, para que exista una Alternativa Democrática, tener una dirección política unida, coherente y esclarecida. Hasta ahora, lo más que hemos podido lograr, es una coordinación precaria de fuerzas políticas poco representativas. Nos ha faltado una gran dirección política capaz de interpretar la voluntad de cambio de la mayoría de los ciudadanos.

En tercer lugar, la Alternativa Democrática supone una eficiente organización geográfica y sectorial. Es decir, una organización presente en todos los rincones del país y en todos los sectores sociales.

A veces da la impresión de que la oposición estuviera mejor organizada en Miami, en Bogotá o en Madrid que en Cumaná, en Maracaibo o en San Cristóbal.

Necesitamos una organización para lograr que el mensaje llegue a toda la geografía nacional. Necesitamos esa organización a la hora en que tengamos que defender el voto y derrotar  las trampas y  las maniobras.

Por último, la existencia de una Alternativa Democrática supone la definición de una línea estratégica inteligente y capaz de lograr el objetivo de cambiar al gobierno.

No se trata de seguir apostando a soluciones mágicas: golpes militares o invasiones extranjeras. Soluciones poco probables y nada deseables.

Se trata más bien de construir una Alternativa con un mensaje atractivo, con una organización eficiente, con una estrategia inteligente y con una dirección política coherente.

Seguiremos conversando.

Un gobierno sin pueblo

La semana pasada hice una breve relación acerca de la responsabilidad de los gobiernos de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro en la tragedia que estamos viviendo los venezolanos. Hablé de los veinte años que han transcurrido bajo el imperio del llamado “socialismo del siglo XXI”. Un desastre sin parangón. Hoy quiero referirme a la responsabilidad que tiene el señor Nicolás Maduro y sus colaboradores en el presente y en el futuro inmediato de Venezuela y de los venezolanos. Es inconmensurable el sufrimiento acumulado por la familia venezolana en estos primeros veinte años del siglo XXI. Ese sufrimiento podría ser todavía mayor en los próximos años. Todo depende de la voluntad política de quienes dirigen al gobierno.

Si estuviéramos en un régimen parlamentario, hace tiempo que el gobierno habría perdido la confianza del parlamento y habría sido sustituido por un nuevo gobierno. Así ocurrió por ejemplo en el caso del señor David Cameron en la Gran Bretaña cuando perdió el referéndum del Brexit. Al día siguiente renunció y al día siguiente fue sustituido por un nuevo gobierno sin que hubiera ningún trauma institucional.

Lo mismo ocurrió en España recientemente. El señor Mariano Rajoy perdió la confianza de la mayoría parlamentaria. Ese mismo día renunció a la presidencia del gobierno y al día siguiente se estrenaba un nuevo gobierno encabezado por el señor Pedro Sánchez.

En Venezuela no tenemos un régimen parlamentario sino un sistema presidencial. Es el pueblo y no el parlamento el que concede o retira su confianza. El gobierno, dura seis años en conformidad con la Constitución Nacional.

Es evidente, sin embargo, que el gobierno ha perdido la confianza de la mayoría de los venezolanos. De eso da fe el consenso unánime de todas las investigaciones de opinión pública que merecen alguna credibilidad.

Tenemos un gobierno sin pueblo y un pueblo sin gobierno. En estas circunstancias lo aconsejable sería celebrar una consulta urgente al soberano. Una consulta al pueblo que es el depositario de la soberanía nacional. Que el pueblo se exprese libre y soberanamente y con sus votos elija un nuevo Presidente y un nuevo gobierno.

Ese acuerdo le ahorraría al país una enorme cantidad de sufrimientos y de angustias y permitiría resolver de la manera más democrática y más respetuosa de la voluntad popular la crisis política que nos aflige.

Seguiremos conversando.

Responsabilidad

Lo que ha ocurrido en Venezuela en los primeros años de este siglo XXI es una tragedia de inconmensurable magnitud. Tragedia que se manifiesta, entre otras cosas, en el colapso de la arquitectura institucional de la República, la desaparición del estado de derecho, la violación de los derechos humanos, el regreso al caudillismo, al militarismo y al centralismo más asfixiante. La desaparición del concepto de la alternabilidad republicana y del principio de independencia y autonomía de las diferentes ramas del poder público.

También se manifiesta esa tragedia en la catástrofe de la economía nacional. Las gestiones de Chávez y de Maduro han producido la más grande inflación del mundo y una recesión espantosa que ha empobrecido a Venezuela y a los venezolanos. Acabaron con PDVSA, con las llamadas empresas básicas, y con toda la economía nacional.

También se manifiesta la tragedia en el tema social. Nunca habíamos tenido tantas familias venezolanas viviendo bajo el nivel de pobreza. Nunca los pobres habían sido tan pobres. Hambre, miseria y desolación es el saldo de la gestión del socialismo del siglo XXI en el área social.

También se manifiesta la tragedia nacional en el colapso de los servicios públicos, comenzando por los más básicos: agua, energía eléctrica, gas, gasolina, pero también, salud, educación, seguridad, comunicaciones. Hemos retrocedido a una situación peor de la que existía en el siglo XIX. También se manifiesta la tragedia en la crisis moral. Si algo ha prevalecido durante estos veinte años es la más escandalosa corrupción que pueda imaginarse. Cifras enormes que pudieron resolver los problemas del hambre y de la pobreza, se han ido por los desaguaderos de la corrupción más abyecta.

A todo esto podríamos todavía agregar el aislamiento internacional de Venezuela. Pasamos de ser un ejemplo de convivencia y de cultura democrática a ser un país visto con lástima.

¿Quién tiene la culpa de este desastre? Todo comenzó el 4 de febrero de 1992. Todo continuó con aquel proceso constituyente convocado en contra de lo prescrito en la Constitución. Y todo se terminó de desarrollar con la gestión de dos presidentes sin ninguna preparación y sin ninguna capacidad para desempeñar esa alta magistratura.

Nosotros, los opositores a este régimen, podemos haber cometido muchos errores. En efecto los hemos cometido y los seguimos cometiendo. Pero nada puede ser comparable a la responsabilidad inconmensurable de quienes han estado al frente del gobierno.

Siria

Uno sabe cómo comienzan las guerras. Lo que no se sabe es como se desarrollan, ni cómo ni cuándo terminan. La guerra en Siria comenzó en mayo del 2011. Se inició como una confrontación de la mayoría suní contra el régimen dinástico de Bashar al – Assad de la tribu de los Alauís.

Han transcurrido nueve años del inicio de aquella matanza espantosa. Se han producido horrores que superan en crueldad a los peores ocurridos en cualquiera de las dos guerras mundiales del siglo pasado. Además de la acción de la dictadura Siria, de Daeshi y de Al Qaeda, poco a poco se han ido incorporando al conflicto milicias Kurdas, Chiíes, turcas, de Hezbolá además de la participación de Irán y de Arabia Saudita, además de la participación de Rusia y de Estados Unidos y fuerzas de la coalición Europea.

Como ha dicho, en un artículo dedicado a este mismo tema, mi amigo Leopoldo Martínez Nucete: “Cuando las armas se oponen a las armas no hay modo de saber cómo evolucionará el conflicto, ni quienes lo liderarán, ni cuando finalizará, ni cuál será el costo del mismo”.

Lo cierto es que la guerra en Siria ha servido de marco para degollamientos, muertes masivas por fuego aéreo y terrestre, desmembramientos, linchamientos y otras formas variadas de salvajismo y de crueldad. La guerra es una estupidez. La guerra representa el fracaso de la inteligencia, el fracaso de la política, el fracaso de la humanidad.

Cito de nuevo a Leopoldo: “las desgarradoras imágenes de lo que ha ocurrido en la ciudad histórica de Alepo son una diana destinada a los ojos y oídos de todo aquel que piense que no hay alternativa al conflicto y que no hay rutas negociadas para resolver diferencias políticas entre gentes de una misma nación”.

Seguramente los que en Siria voceaban la palabra “guerra” en abril o mayo del año 2011 lo hicieron con la misma frivolidad y con la misma ligereza con que lo hicieron los europeos cuando comenzó la primera guerra mundial.

Seguramente pensaron que la guerra sería cuestión de unos días, al cabo de los cuales regresarían victoriosos los ejércitos en medio de marchas, desfiles y aclamaciones populares. Nunca se detuvieron a pensar en la infinita capacidad de destrucción física, de asesinatos y de torturas que supone una apelación a las armas de destrucción que se utilizan en una guerra.

La crisis venezolana está tentando a los demonios de la guerra. Ojalá prevalezca la inteligencia, la humanidad y el buen juicio antes de que sea demasiado tarde.

Seguiremos conversando.